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| Espacio del lector | Guerra antiterrorismo |  | Puede decirse que la moral es esencialmente intersubjetiva e implica un trato recíproco de las personas. Según Kant, una máxima de acción (o la posibilidad de aceptar que sea adoptada por todos los demás) debe ser aceptada universalmente para juzgar su moralidad. Así, mientras las normas jurídicas se aplican solamente dentro de los límites de una determinada jurisdicción territorial, las morales no admiten recortes de su validez y se las considera última instancia para la justificación de las conductas humanas.
No hace mucho tiempo, el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, reconoció, en un anuncio sorpresivo la existencia de cárceles secretas en Europa y en Asia, utilizadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para retener e interrogar a supuestos terroristas, sin importar la protección que brindan todos los tratados internacionales.
Dicho primer reconocimiento oficial de Washington fue sin duda polémico, y generó un aluvión de críticas. No por la confirmación de lo revelado por The Washington Post, que le valió el Pulitzer, porque Europa Oriental, Afganistán y Tailandia ya figuraban hace tiempo en el mapa con manchas oscuras.
Es que además la certeza de que se utilizaban bases en esos para torturar era un salpicón más contra el nuevo manual del ejército que elaboró el Pentágono, que prohíbe la tortura, la humillación, los golpes, a los prisioneros de la denominada guerra contra el terrorismo -todas revisiones sobre la base de lecciones aprendidas tras los atentados del 11 de septiembre de 2001-.
Human Rights Watch halló dos centros más en Polonia y Rumania. Los aliados de Estados Unidos pusieron en duda la legalidad de estos centros.
“Es un pequeño número”, dijo Bush, quien relacionó a los detenidos con responsables de atentados (los del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y en Washington, los de 1998 en sendas embajadas en Kenia y Tanzania). Lo que pasa es que “la fuente más importante de información sobre donde se esconden los terroristas y lo que planean son los propios terroristas”, señaló el presidente norteamericano.
Parlamentarios europeos han venido reclamando conocer si ha habido complicidad de algún gobierno del Viejo Continente o de naciones que aspiran a ingresar en el bloque. En Alemania denunciaron al ex secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld, y a otros funcionarios por crímenes de guerra, violaciones de derechos humanos y torturas.
Rumsfeld habría ordenado personalmente las torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib y en el centro de detención de Guantánamo, en la isla de Cuba. Como testigo figura Janis Karpinski, ex comandante de las prisiones norteamericanas en Irak.
Varios expresaron, como José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente de España, que las prisiones secretas “no son compatibles con el Estado de Derecho”. Pero en nombre de la guerra contra el terrorismo y el temor constante bajo el que viven, los estadounidenses parecen haber encontrado justificación para cualquier tipo de procedimiento.
“Porque los mismos terroristas no respetan nunca esos derechos”, fue una de las tantas excusas esgrimidas.
Un grueso error: la civilización debe mostrar su superioridad ética sobre terroristas y regímenes totalitarios si es que no se quiere perder autoridad moral en la lucha a favor de la libertad, la tolerancia y el respeto.
Sino, termina por convertirse en más de lo mismo.
Guillermo Rolando
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP |  |  | | Nota 5697 |  |
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